La música
del azar
Entrevista con Jorge Macchi
Nacidas del encuentro con nuestro paisaje cotidiano,
y maduradas sobre el rico sustrato de una imaginación
sin límites, las obras de Jorge Macchi han delimitado
un universo creativo de marcado carácter heurístico.
En su producción, lo familiar se convierte en algo
extraño, los signos visuales y lingüísticos
se deconstruyen, reordenan y asocian bajo nuevas relaciones.
El espectador se sumerge así en un hechizo. Un hechizo
que nos hace deambular entre el orden y el caos, la razón
y la emoción, la lógica y el azar.
Crecer como artista en el Buenos Aires de los años
ochenta no debía ser fácil. Por un lado, estaba
la vertiente conceptualista de Jorge Glusberg, por otro, el
expresionismo de Guillermo Kuitca, ¿Cómo recuerdas
aquellos orígenes? ¿Cómo definirías
tu obra en relación a aquellas grandes “tradiciones”
contemporáneas del arte argentino?
Hay que entender lo que era Buenos Aires en los ochenta.
El país salía de una dictadura que había
cortado el desarrollo fluido de las ideas, hasta tal punto
que aun hoy no se siente una continuidad entre la explosión
de los sesenta y el período democrático. La
ausencia de información era asombrosa y por supuesto
ninguna muestra importante llegaba a Buenos Aires. En este
paisaje, el expresionismo no fue una vuelta a la pintura sino
simplemente una vuelta desesperada a algo. Las tradiciones
expresionistas y conceptuales no surgían para mí
de un pasado sino que simplemente aparecían. Veo mi
trabajo de esa época cruzado por estas dos tradiciones
y por todas las contradicciones de un período muy confuso.
Tus obras describen un itinerario que te ha llevado
desde el dibujo y la pintura de tus inicios (cuando formabas
parte del Grupo de la X que se opuso al neoexpresionismo de
la transvanguardia en la Argentina de los años 80)
hasta tu obra actual, heredera de las poéticas reduccionistas
del ready-made y el objet trouvé. ¿Cómo
justificarías este tránsito?
Creo que el pasaje desde mis primeros trabajos a
los últimos no se produce entre soportes o técnicas
diferentes, sino entre maneras diferentes de concebir el trabajo:
más complejo y barroco en un principio, mucho más
simple y sintético en los últimos años.
Habría que tener en cuenta que mis primeras pinturas
y objetos partían de objetos encontrados en la calle:
pintaba sobre una superposición de papeles de afiches
de publicidad y hacía objetos con maderas y chapas
encontradas en los alrededores de mi estudio. Lo que se mantiene
estable desde aquella época es, por un lado la idea
de que lo importante pasa por debajo de la variedad de soportes
uniendo los trabajos individuales entre sí, y por otro
lado el interés por lo que es dejado de lado, por lo
marginal, por el residuo. Mi interés es tornar visible
aquello que de tan visible se torna invisible.
En este redescubrimiento de las posibilidades del
objeto en tanto residuo ignorado de la cotidianidad, me gustaría
retrotraerme al origen, al punto de fractura de tu creatividad.
¿Qué te hace escoger uno (u otro) motivo?
Los mejores momentos de mi trabajo son aquellos en los que
repentinamente algo que pertenecía a mi paisaje cotidiano
se subvierte o se modifica en mi imaginación. Lo que
viene después de esta sorpresa es un trabajo bastante
arduo y preciso para transformar esta imagen mental en una
imagen visible. Es en este momento que pongo en crisis la
elección del objeto o de la situación porque
necesito que éstos sean reconocibles no solamente por
mí para que la subversión tenga sentido. Es
el caso de las noticias policiales. Trabajé de mil
maneras con estos textos encontrando lógicas extrañas
entre ellos, o asociándolos a música o haciéndolos
dialogar. El material es fácilmente reconocible y por
lo tanto su subversión es posible. En resumen, en un
primer momento no hay elección, hay algo parecido a
la sorpresa. La elección aparece en una segunda instancia.
Tus palabras, salvando las distancias, recuerdan
a aquel encuentro con lo maravilloso propuesto por autores
como André Bretón, Octavio Paz o, claro está,
Jorge Luis Borges.
El punto en común es la sensación de
vivir en un lugar incomprensible y maravilloso, donde todo
parece no tener sentido y al mismo tiempo todo parece articulado
como en un mecanismo perfecto.
Y relacionado con esto, ¿qué hay de
accidente y de azar en tu obra?
El accidente y el azar tienen que ver con esta imagen
caótica y organizada del mundo. Todo parece depender
de situaciones mínimas, de accidentes imperceptibles,
o de decisiones de dioses enloquecidos o borrachos. En algunos
casos intento encontrar un sentido al azar (la música
relacionada con el accidente en Música incidental),
en otros casos me dedico obsesivamente a domesticar el azar
(los dos vidrios rotos iguales de Vidas paralelas),
y por último hay casos en que hago del azar una ficción
(los autos de juguete chocando en las avenidas de sombra en
Accidente en Rótterdam). De cualquier manera
no veo en mí la actitud del artista que deja que el
azar disponga el camino de una obra. Mi actitud frente al
azar es analítica.
En obras como Guía de la inmovilidad, Víctima
Serial, o por supuesto, Buenos Aires Tour, has “actuado”
como un flâneur bastante particular. Un flâneur
reactualizado, más cercano a la psicogeografía
del situacionismo y su voluntad subversiva, que a los relatos
de Poe, Baudelaire o Benjamin...
Son dos influencias que tengo muy presentes aunque
el tono de los románticos está teñido
de una melancolía que en los situacionistas se transforma
en voluntad de conocimiento a través de los sentidos
o las emociones. Pero la diferencia que encuentro entre estas
dos actitudes y el Buenos Aires Tour es que más
allá del azar inicial que determinó los recorridos
y el azar de los encuentros, todo el resto es una estructura
estable y obsesiva armada sobre un accidente. Es una estructura
que como las líneas de la palma de una mano se concibe
como inalterable.
De hecho, la obra, que coincide con tu regreso a
Buenos Aires tras varios años en Europa, actúa
como una retícula donde fuiste inscribiendo tus encuentros,
tus emociones, tus sensaciones...
Considero al Buenos Aires Tour como un triple
autorretrato; más que la descripción de una
ciudad es el registro de nuestras historias, nuestras impresiones
y nuestras decisiones. Como mucha gente, pasé algunos
años tratando de encontrar el lugar ideal para vivir
y trabajar. Buenos Aires Tour coincide con el momento en que
entendí que ese lugar no existe y hay que construirlo.
¿Hasta que punto tu interés por la
invisibilidad de lo hipervisible ha acercado progresivamente
tu obra a una dimensión neoconceptual?
Para mí es muy difícil definir lo neoconceptual.
Si pienso en el arte conceptual y su ferviente defensa de
las ideas en detrimento de las formas, yo no puedo estar más
alejado de eso. Pero si definimos el neoconceptualismo como
una corriente que toma elementos del arte conceptual, entonces
estamos hablando llanamente de arte contemporáneo,
es decir un arte que resulta de la influencias de los movimientos
anteriores, entre ellos el conceptualismo. Mis trabajos no
se basan en ideas abstractas que en algún momento encuentran
su forma; se basan más que nada en imágenes
que cuestionan el entorno y que en algunos casos afortunadamente
producen ideas.
Hablas de un transito de lo visible -o mejor, de
lo sensible- a lo mental, de la imagen a las emociones y asociaciones
suscitadas por ella. En este sentido, las poéticas
del reduccionismo y de la descontextualización tienen
un referente ineludible: Marcel Duchamp. Sin embargo, y a
diferencia de él, tu cuestionamiento no se dirige tanto
hacia la institución o el sistema arte, sino más
bien hacia nuestra percepción de la realidad, es como
si quisieras recuperar la magia de los objetos y signos de
nuestro día a día...
No creo que las obras de Duchamp sean solamente una
crítica del sistema del arte. Antes que eso veo en
él un intento de subvertir todos los códigos
a través de la descontextualización, la inversión
y la desnaturalización. La de él es una risa
muy fuerte frente a los desesperados intentos de entender
el caos. Y en ese sentido no puedo estar más cerca
de él. Me encuentro muy cómodo en esta manera
de pensar y trabajar. Mi intención no es revolucionar
el lenguaje del arte; para mí es mucho más importante
revolucionar mi manera de ver las cosas.
Sí, pero la inversión de los códigos
operada por Duchamp, una vez superado su espíritu subversivo
inicial, ha acabado siendo reducida respecto a su objetivo
de partida (aquel que tú has mencionado) al ser incorporada
al ámbito del museo. Tú hablas de “revolucionar
mi manera de ver las cosas”, y con esto, te estás
situando en un plano más subjetivo, menos universalista,
más personal y humilde, menos pretencioso, si quieres.
Es como si nos moviéramos en un conceptualismo más
sensible, una terminología que muchos han empleado
para referirse a tu obra.
Estoy de acuerdo en lo que se refiere a la idea de
circunscribir el arte a la esfera íntima y subjetiva,
que coincide con la sensación de agotamiento de los
grandes proyectos revolucionarios: si un pensamiento o una
imagen cambia algo en mi, es muy probable que esto le ocurra
a otra persona. El problema fundamental de mucho “arte
político” es partir de una situación externa
al artista.
Por otro lado estoy en desacuerdo con el término “conceptualismo
sensible” porque, como toda clasificación intenta
una simplificación. El fenómeno poético
es de una complejidad enorme y las clasificaciones dejan de
lado esta diversidad. Volviendo al comienzo de esta repuesta:
¿Cómo es posible reducir la experiencia íntima
y subjetiva a términos tan precisos? Creo que es mejor
comprender la complejidad.
Tus obras en ocasiones aparecen formuladas casi como
un enigma ¿Qué tipo de implicaciones crees que
puedes generar en el espectador?
Vuelvo sobre algo que dije anteriormente: para que
haya un enigma la persona que se cuestiona debe conocer los
elementos que participan en ese enigma. Si coloco sobre el
suelo dos vidrios del mismo tamaño rotos exactamente
de la misma manera me estoy remitiendo a la experiencia del
espectador y a la conciencia que le dice que eso que está
viendo es imposible: dos vidrios no se pueden romper de la
misma manera, pero al mismo tiempo, los está viendo.
Si aparte de esto la obra se llama Vidas paralelas el enigma
se puede tornar más confuso. Pero partimos de un terreno
conocido. Cuanto más familiar sea el objeto y cuanto
menor sea mi acción sobre él, creo que la obra
es más efectiva, más enigmática.
La importancia de la música en tu obra es
especialmente significativa. Si no me equivoco, tu formación
musical es bastante amplia, y en tu obra, la música
ha aparecido como presencia (como sonido “físico”),
como recurso formal, e incluso como metáfora. ¿Podrías
explicar un poco esta particular relación con la música?
Hay dos aspectos: mi historia con la música
y el aspecto formal de la música. La música
fue un lenguaje muy presente en mi vida durante mucho tiempo.
Me refiero específicamente a tocar música y
en particular el piano. Esta etapa se corresponde con mi adolescencia
y también con la dictadura en Argentina. No puedo explicar
bien por qué hago esta relación pero hay algo
de mi frustración con la música, es decir, mi
falta de talento con la música, que relaciono con mi
frustración y melancolía adolescente en ese
particular período de la historia.
Por otro lado la música es un lenguaje esencialmente
formal, que no se puede reducir a palabras. Y esta forma me
sirve a mí de contrapunto con situaciones absolutamente
figurativas relacionadas con situaciones cotidianas, con la
ciudad o con los objetos que nos rodean. La música
surge de esas situaciones, de la lógica de esas situaciones,
pero no las explica, antes que eso, les suma ambigüedad.
Por otro lado encuentro a la música muy ligada a un
tema del que hablamos anteriormente: el caos y la necesidad
obsesiva de un orden. En algunas obras la música es
el contrapunto de situaciones accionadas y dominadas por el
azar: el paso de los autos por una autopista, o la acumulación
de noticias policiales en los periódicos. La música
aporta un orden o una lógica a algo que no tiene explicación
aun cuando ella misma no explique nada.
Es decir, que continuando con la simbología
musical, esa recurrencia formal a la música actuaría
casi como un bajo continuo. Un elemento destinado a sostener
la melodía, que ofrece estabilidad al caos. Algo que
estaba muy presente en Ascensión, la pieza que presentaste
en el Pabellón argentino de la LI Bienal de Venecia
en colaboración con Edgardo Rudnitzky.
En esta instalación/performance se produce
un encuentro violento entre conceptos muy contradictorios:
la representación bidimensional de la ascensión
y la imposibilidad tridimensional de lograrla. De este encuentro
surge la música casi como un registro de esa acción
inútil y sin embargo recurrente.
Sin embargo, en muchas ocasiones, la melodía
se torna funesta, y la música parece estar compuesta
como la banda sonora de una existencia dramática, como
ocurría con Musica incidental, donde las líneas
de una partitura musical estaban realizadas con noticias de
muertes y asesinatos extraídas de los periódicos....
¿Cómo surgió esta obra?
Fue una obra que surgió casi por casualidad.
Yo vivía en Londres en el año 1996 y quería
hacer una partitura en la que las mismas líneas pentagramadas,
o sea el soporte de la escritura, fueran la música
misma. Paralelamente todos los días trataba de leer
los periódicos para mejorar mi inglés y poco
a poco fui haciendo una colección de noticias de accidentes
y asesinatos. Llegó un momento en que las dos cosas
se juntaron: comencé a pegar en un papel los textos
de las noticias siguiendo el dibujo de los pentagramas. Después
de pegar el primer texto decidí dejar un espacio para
separarlo del texto siguiente. Así completé
la primera página. Me alejé y me di cuenta de
que finalmente y contra mi voluntad había algo escrito
en esas líneas: los espacios blancos entre los textos
funcionaban como notas musicales. Hice una simple relación
entre las distancias entre los espacios vacíos y el
tiempo, para establecer la duración de los sonidos;
por otro lado determiné la altura de los sonidos de
acuerdo a la línea del pentagrama en donde se hallaba
el espacio en blanco. Así llegué a una partitura
que toqué en piano. En este punto decidí extender
la partitura a tres páginas. Finalmente llegué
a una pieza de cinco minutos aproximadamente, que se desarrollaba
sobre cinco notas y con un ritmo absolutamente irregular.
Con toda esta explicación quiero llegar a un punto
importante: como en casi todas mis obras no hay una idea inicial
y un posterior desarrollo; lo primero suele ser una imagen
que se impone de manera obsesiva. Todas las interpretaciones
o sentidos que puede tener Música incidental son posteriores.
Esta obra es para mí paradigmática en cuanto
al proceso de creación.
Y en ella se aborda, otro tema fundamental de tu
trabajo: la muerte. Una constante que se aborda también
en Monoblock, Un charco de sangre, Döppelganger, a menudo
como un final prematuro y violento. ¿Por que ese recurrente
interés en la muerte como algo inesperado?
Lo que me atraía de las historias que leía
en el periódico era por un lado el carácter
anónimo de los sus protagonistas y por otro la fugacidad
con que esa historia desaparecía. Estas personas que
habían muerto por una situación azarosa eran
personajes absolutamente desconocidos antes de ese accidente,
pero luego pasaban rápidamente al olvido, no solamente
porque al día siguiente ya no aparecían en el
periódico sino porque ese tipo de historias se olvida
al dar vuelta la página. Siempre veo a estas personas
como fuegos de artificio explotando en la oscuridad del cielo
nocturno. Por otro lado si pensamos que el soporte de esa
historia es un papel absolutamente efímero el efecto
es desolador. Volviendo a la pregunta, no creo que el tema
sea específicamente la muerte. El tema es lo efímero
en su totalidad; la muerte es simplemente la reafirmación
permanente de esa sensación.
Muerte, azar, enigma, caos, drama, bajos continuos,
todo en tu obra parece remitirnos a constantes temáticas
del barroco. Al principio de la entrevista, me decías
que tu obra había evolucionado, en lo que se refería
a la técnica, desde el barroquismo de tus inicios hasta
un presente más sintético. Podría decirse
que mientras tu forma ha evolucionado tu interés por
algunas de las materias clave del barroco se ha profundizado.
Estoy muy de acuerdo con tu lectura. Yo reemplazaría
al barroco por el romanticismo: la música, la pintura
y la literatura del siglo XIX están absolutamente ligados
a mi adolescencia, a la dictadura, a mis primeros acercamientos
a la pintura, a mis estudios de piano y por supuesto a la
muerte de mi padre.
Algunos de los aspectos que mencionas, como la dictadura,
los estudios de piano o la muerte de tu padre, contienen experiencias
traumáticas vividas en primera persona. El trauma,
el desencuentro o la frustración se afirman también
como elementos recurrentes de tu trabajo. ¿Buscas algún
efecto catártico al escoger estos temas?
¿Es posible, aunque uno ponga toda su voluntad,
eludir los aspectos traumáticos de su existencia en
una actividad como esta tan ligada a lo sensorial y a lo emotivo?
Soy conciente de esto y por eso no trato de ocultarlo. Todos
los artistas desarrollan a lo largo de su vida una sola obra
de arte: un laborioso y obsesivo autorretrato.
por Alberto Sánchez Balmisa
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